viernes, 26 de julio de 2013

Yo & mi jefe


Posé mis manos sobre su cuello. Estaba frío como las aguas revueltas en un acantilado. Un cuello rebelde, propiedad de un hombre sin causa. Mi jefe era todo lo que una mujer necesitaba para tener un perfecto sueño húmedo. Sin entrar en detalles, era maduro, estaba muy bien de cuerpo, su sonrisa era perfecta y sus ojos te invitaban a entrar en un espectáculo de sexo sin frenos donde tú, mujer afortunada, eres la diosa que recibirá todo los elogios del momento. Así, sigo con la historia, puse mis manos sobre su cuello. Luego, me incliné para besárselo, hasta que, sin darse él cuenta, di un giro de 80º grados y me senté directamente sobre sus piernas.

Sonrío

Luego, desabroché, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, su camisa. Mientras su mirada, y su perfecta sonrisa, seguía el contoneo de mis senos.
Él estaba disfrutando.

Cuando terminé de desabrocharle la camisa, se la dejé puesta. Por un fino espacio podía vislumbrar sus pectorales, bien marcados y morenos, que esa noche me iba a comer yo solamente yo. Mi lengua disfrutaría, como nunca antes lo había hecho, del pecho de mi jefe. Así que mientras me imaginaba la gran diversión que él me iba a dar, me acerqué a su rostro. Muy, muy cerca de él, hasta sentir su aliento y respirar chocar en mi cara. Luego, acerqué mis labios lentamente hasta los suyos e introduje mi lengua hasta el fondo de la cuestión. Quería sentir ese sabor a metal humano, quería sentir hasta lo más profundo de mi ser, la ansia y el querer de mi jefe.

Aquella noche iba a ser TRIUNFAL.

Una vez terminada la primera función, caí al suelo. Como la que no quiere la cosa, típica escena de película dramática.

Ahí estaba yo, tirada en el suelo. Él, jefe duro, no hizo nada para ayudarme. Me puse en pie con mis impresionantes piernas ayudada de mis tacones, y como mujer calculadora, que en ocasiones soy, me arreé un bofetazo. Se quedo parado, sin hacer nada, esperando quizás más.

Yo tenía hambre y quería comer.

Así que después de decirle al oído algunas palabras (<<me entrego a ti para que me poseas bien>>; <<DESTRÓZAME VIVA>>; <<Hazlo ya, y bien fuerte>>) agarré con mis manos su camisa y lo levanté.

Ya era mío.

Luego le supliqué con la mirada que me penetrase bien. Que sintiera que me deseaba. Era consciente que aquello era un juego y que yo era su ‘conejita’, así que si el amor no estaba presente en aquel cuarto, al menos que me hiciera sentir un gran placer.
Deslizó la correa del pantalón y la hizo volar al aire, haciendo que parte de ella chocara con mis nalgas. Primero sentí terror, luego placer. Volvió a hacerlo, y una vez más. No paró hasta ver mis nalgas bien rojas.  Finalmente, y ya apunto de estallar, tropezó como toro desbocado en un encierro, contra mi trasero. Luego apuntó bien, como buen campeón, y se introdujo dentro de mí con gran pasión.

En aquel momento el tick, tack del reloj desapareció. También la palabra ‘jefe’ o pudor. Yo solo era un objeto, con divinidad, que durante unos segundos tan solo iba a pensar en ella y en darse un pequeño capricho.

No paró durante una buena hora, como niño pequeño, no quería dejar de jugar con su juguete.

Una, dos, una dos.

Oh, Dios.

Una, dos, una dos.

Dios, Dios, Dios.

Sus amagos, halagos y placeres.

Sus besos, su correa y sus penetraciones.

Mi jefe me montó como animal sediento. Y yo disfruté.

No hubo subida de sueldos ni bajadas, si de bragas y pantalones.

Yo disfrute ¿Y qué?


1 comentarios:

Sex Shop dijo...

Muy buenoooo!!!!!!!!!!!!!!!!!!

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